"El viejo guitarrista". Pablo Picasso, finales de 1903 - principios de 1904. Técnica: óleo sobre panel. Dimensiones: 122,9 x 82,6 cm (48 3/8 x 32 1/2 pulg.). Fuente: The Art Institute of Chicago y jacquelinemhadel.com
He perdido la alegría. Llevo semanas con ese runrún en la cabeza. La otra Alicia bien lo sabe. Por momentos parece que se acalla, en otros, la mayoría últimamente, resuena con fuerzas, como un eco constante e inevitable en un paraje tan inhóspito como solitario y frío. Se levantan a mi paso taludes fríos, algunos de aristas puntiagudas que al roce sangran mis manos si busco agarre o aire para seguir.
Y tal vez este sentir, ahora que lo pienso, me ha llevado desde hace meses a leer a Rosa Montero: primero con El peligro de estar cuerda y ahora desde hace unos días, siguiendo en el universo Montero, La rídicula idea de no volver a verte. Sobre estas lecturas tengo un post pendiente porque desde luego están siendo un descubrimiento para mí, pero, para éste curiosamente me viene al pelo esa perspectiva distinta con la que ella mira el paso del tiempo, las pérdidas y el dolor: «La vida - dice Montero- es una aventura incierta, pero precisamente esa fragilidad es lo que hace que tenga valor». No me digáis, queridos míos, que esto no conecta absolutamnte con lo que estoy viviendo, sintiendo y escribiendo en este blog. Para ella, el dolor no es incompatible con la felicidad, como lo que hablaba de afrontar el miedo con los bolsillos llenos de miedos, agarrándonos a él para superarlo, seguir y coger impulso. Porque la vida es frágil e incierta, pero esto nos permite apreciar cada instante y reconstruirnos tras una pérdida.
Y yo he perdido la alegría, la mía, la que yo tenía para vivir con gestos como levantar el teléfono unos minutos, escuchar una voz y saber que todo estaba bien, que ella estaba bien. Y no, ya sabéis, queridos míos, no está todo bien, sigue estando todo patas arribas, por momentos quizás más asentadas, sí, puede que lentamente, pero ya nada es igual. Y lo que está claro es que, aunque haya días más tranquilos y parezca que se mantenga la calma (que por cierto hoy el evangelio de Lucas 7, 1-9 "conserva la calma") no significa que se haya superado, que se olvidar, sino que no nos queda otra que aprender a integrar lo que nos falta en nuestra historia y reconstruirse buscando en mi caso todas las herramientas necesarias, -las que sean-, para sanar, procesar el duelo y reconectar con la alegria, con la vida y conmigo misma.
Y sí, en ello ando, pero ya es verano y he perdido la alegría. La lectura es para el verano y la literatura, la buena, la de Montero y la escritura, la mía así de improvisada, se convierte en una de esas herramientas para sanar, en ese genio y locura del que habla Rosa o yo misma por aquello del hipervínculo constante de mi cabeza, surgen hasta unos versos que puede resumir y poner hasta el broche a este post, de título homónimo, pero que como veis queridos míos no llevan al optimismo facilón pero sí me dan algo de fuerza para seguir. .
He perdido la alegría
Se me ha quedado por el camino:
ni recuerdo dónde la dejé,
tal vez entre aquellas sombras,
de los días en blanco,
sin la luz de tus ojos
en el bosque tus risas vacías.
He perdido la alegría.
Se me ha quedado en este dolor inmenso
que me arranca las ganas
de cuajo,
que me roba el aire
de golpe,
acaso si aún respiro,
en esta inercia del duelo
donde mi alma ya siente
ni consuelo.
Es verano,
yo he perdido la alegría.
y no me encuentro.
