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| "El jucio de Alicia" Fernando Vicente |
En una sala cualquiera, donde las paredes eran tan sumamente opacas que ni el eco dejaban pasar, se presenció un juicio final, aunque pareciera uno más en su pérdida de cordura transitoria o no.
- A la pregunta ¿qué cree necesita para cambiar y empezar de una vez a mirar por usted?
- Morirme, aquí y ahora.- contestó ella.
- No hay más preguntas, señoría. - apostilló la otra Alicia mientras cerraba su libreta de apuntes.
Supongo que todos alguna vez visualizamos este microrrelato improvisado que he escrito y con el que abro este post. No es más que una escena . La respuesta de la "reo" muchas veces la escuchamos "necesitaría nacer de nuevo para cambiar". Y ahí nos engañamos: lo necesitamos; y tocar fondo, posiblemente; o ahogarnos en el lodo, pues también; y poner pie en pared que decimos por aquí; sí, y parar. Y decir: hasta aquí llegué, me planto. Y eso, queridos míos, ¿cómo se hace?, os preguntaréis...
Necesitamos bajar el nivel de expectativas, las propias y sobre los demás, porque esto no hace más que estrellarnos hacia un muro que construimos con nuestras propias manos. Y tras derrumbarse, es ahí justo cuando caemos a ese lodo que os decía. Porque ese alto nivel esperado, uno nos lleva a veces a una autoexigencia que, como todo en su justa medida no es negativa, pero sí cuando es enfermiza y nos crea ciertas ansiedades al no llegar al más y más que nosotros mismos esperamos en "nuestra ciudad de la autoexigencia"(Paula Durán). Y ahí justo subyace la otra, la exigencia al mundo que nos rodeas, a las personas con las que convivimos o hasta con la que nos cruzamos en la calle, también puede llegar a hacernos bastante "pupa"... Puede que sea porque "romantizamos" (hablaba de este término hace unos post,. os acordáis?), idealizamos personas, situaciones, comportamientos, o la vida misma. Esperamos que nos quieran como uno quiere, esperamos que nos apoyen como lo hacemos, que estén ahí cuando se necesita, que te llamen o se acuerden de ti en un momento en que por cualquier cosa no estás, esperamos que actúen como nosotros queremos, nos viene bien y para cubrir esa necesidad "vital" que nos parece tener. Y claro, la expectativa es alta no, altísima, porque en ella subyace si lo pensáis la idea de que el que tenemos en frente sea igualito a nosotros y podamos controlar todo y sentirnos más fuertes. Siento deciros, queridos, que lejos de frases "coaching", esto es imposible por más que se intenta, que hay cosas como todas las que he enumerado que están FUERA de nuestro control. La clave está en uno, reconocerlas, y dos, aceptarlo, porque se excede de nosotros, porque no podemos controlar ni esperar que el mundo sea a nuestra justa medida.
Y una vez aceptado eso, -"barco como animal de compañía", si jugáramos a Scattergory, recordemos...- podremos tener una visión más real y menos ideal de lo que vivimos: necesitamos ver la realidad. No se trata de ser pesimista (excusa facilona), se trata de ver lo que hay: bueno, malo, regular... hay negros, blancos, grises, tonos pardos, tonos claros, colores explosivos... Sólo hay que saber mirar el cuadro, de cerca, de lejos y con los ojos tornados si hace falta. Solemos a veces, sobre todo las personas observadoras, empáticas y extremadamente reflexivas, mal pensar creyendo que acertaremos, - y oye, a veces queridos, se cumple y acertamos pensando tremendamente mal. La vida es así como quien juega a los dardos y de vez en cuando tiene la suerte de hacer diana. Es verdad que un ápice de pensamiento crítico, para sobre todo no comernos la sopa boba, es necesario, por lo que las dosis de mal pensar, desconfiar y autonomía de pensamiento también; pero, como ocurría con las expectativas y las exigencias, también ese "mal pensar", debe estar en su justa medida: esa desconfianza digamos en el mundo que nos rodea nos lleva directos al lodo, en un pesimismo enfermizo y a lo que los psicólogos llaman distorsión cognitiva, que claro, como todo, dependiendo del grado de distorsión que tengamos y suframos, perderemos el juicio más o menos ante el veredicto de que estemos más o menos peligrosamente cuerdo.
Podemos pensar que al parar así en seco, volvernos realistas, dejando de un lado tanta parafernalia, tanta tontería, tanta cara a la galería, tantas palabritas bienqueda... que nos excluimos del mundo que nos rocea, y que nos excluyen también. Posiblemente sea así, por buscar nuestro propio lugar seguro, pero cuesta cambiar la zona de confort creada, la propia y la que hemos construido con nuestra forma de ser para los demás por querer y querer que nos quieran; cuesta cambiar las costumbres viciadas por el tiempo y la vida, para uno y para los demás... Y claro que cuesta, y mucho, porque llegamos a tacharnos y nos tachan de egoístas, de sólo mirar por nuestro ombligo, de...de hacer lo necesario: Querernos y querernos bien, que suena a canción bonita -como la del "cafesito" dichoso-, pero se trata de eso, de que no nos engañemos queridos, de que llega un momento en la vida - ¿cuál? Nadie lo sabe, es un misterio (Shakeaspeare in love)- que toca sencillamente esto: cuidarnos y volvemos a la pregunta del cómo hacerlo, pues repetimos: bajando las expectativas, viendo la realidad y aceptándola como es, no idealizando en exceso, se trata de soñar sí pero despiertos, con los pies en el suelo sin volar tan alto que no podamos volver a nuestro sitio...
Y que siga el mundo rondando, derrumbándose que diría Cobos Wilkins mientras escribe poemas, pero que aquí y ahora deja de serme un misterio, he encontrado la respuesta: no soy la reo de nada ni voy a dejar morirme (ese es el momento clave, el mío al menos, con todo lo que implícitamente me conlleva); yo me bajo aquí: por mi propio pie del estrado, cierro mi libreta de apuntes y mi boli BIC. Y hasta aquí puedo leer -y escribir claro-. sin ni siquiera esperar ya a que contemos un, dos, tres.






