"Dice la tradición que cuando abrazamos a alguien ganamos un día de vida". Pablo Coehlo
Nacer, vivir y morir solos. Es nuestro sino por más que "romanticemos" nuestra existencia, la edulcoremos cuando nos convenga o nos pongamos vendas más o menos opacas en nuestros ojos. Lo cierto es que desde las primeras luces, en ese primer arropo al salir a la vida, sentimos el calor del primer abrazo, más allá de los ropajes con el que nos cubran. Evidentemente, no lo recordamos siquiera pero estoy segura de que se nos ha quedado impregnado en la memoria de lo sentidos, ahí indeleble y de manera casi innata,. Y es por ese instante por lo que a lo largo de los años vamos buscando ese "ganar vida" de Coelho aunque por momentos nos parezca que somos un Mario Bros venido a menos con pocas monedas hacía las que saltar, muchas tuberías enredadas que arreglar y demasiada torpeza para evitar caer al vacío.
Es nuestro sino, y sí, lo sé, también hay otros abrazos insulsos, muchos de "bienqueda", demasiados; son los que duran menos de un chasquido de dedos, que se evaporan casi al tiempo que se rozan los cuerpos, que se sienten lejos por más que se aprieten los brazos. Son esos, los que no nos sirven de mucho, sólo para ese darse cuenta necesario, para ese vivir con los ojos abiertos sabiendo quién es quien en ese simple gesto del abrazo. Pero estos son más fáciles de obviar para seguir viviendo, y no, aquí no puedo ni quiero evitar "romantizar", porque vivimos buscando sencillamente los otros: esos abrazos adonde quedarnos a vivir:
En los abrazos que sanan, que te contagian de energía y fuerza para seguir, con la intensidad justa y necesaria para el momento.
O en esos abrazos espontáneos y duraderos, que parten del silencio y la escucha atenta, de la empatía que emana del amor sincero y la amistad de verdad, que nada esperan y todo dan, esas que poco se entienden hoy.
En aquellos abrazos que no miran el reloj y se revuelcan en la arena que cae, donde se para el tiempo en el sentir de los cuerpos
Y en esos abrazos que salen de los ojos brillosos, del mirar por dentro, y del llorar ahí, con ese consuelo que no se pide y sencillamente se da, donde nadie duerme y donde el amor deambula imsomne.
Nacemos, vivimos y morimos solos. Es nuestro sino, por más que "romanticemos" la existencia para que con uno de estos abrazos, sea el que sea, nos haga la vida más llevadera.

No hay comentarios:
Publicar un comentario