viernes, 8 de mayo de 2026

Cuando no sale

De Jordi Labanda, en Martin Ceballos 
 
"No me sale". En los años de la Escuela, recuerdo que mi maestro de pintura de niña, el gran Pepe Delgado, nos insistía en que esa expresión  típica de aquel tiempo ante sus correcciones y con la que  alguna manera justificar que el cuadro no era el correcto, adecuado ni el esperado debíamos desecharla de una vez porque no era real. Su respuesta era simple y contundente: "Alcázar: observa, observa". Esto era: mira por ti mismo el modelo  y vuelve a  intentar, hasta que "salga". Pero no, queridos míos, no voy a hablaros de mi experiencia pictórica de aquellos años por más que me encanta recordar adonde fui feliz. Quédense con ese "no me sale" que en muchas ocasiones también justifica muchas cosas que "pintan" demasiado sobre cómo cada uno es, o cómo se nos ve ante lo que decimos y realmente hacemos, o tal vez cómo yo veo: 

No me sale decir te quiero sin que me lo digas.

No me sale escribirte qué tal, queriendo.

No me sale preocuparme más que por mi ombligo. 

No me sale echarme para adelante, caminar a tu lado.

No me sale acordarte de ti y echarte de menos.

No me sale posicionarme y apoyarte.

No me sale esforzarme y cuidarte. 

No me sale pensar en tí como tú quieres. 

No me sale estar más allá que para una cerveza.

No me sale ser valiente y AMAR.

No, no  me sale... 

Como decía Pepe, "observa". Sí, y si observamos de cerca todos estos pretextos de "no me sale", sencillamente son solo eso y acabamos en la conclusión equivalente al refrán siempre sabio "donde no hay, no se puede sacar" que dice la IA que  significa "que no se puede exigir, esperar o conseguir algo de quien carece de los medios, la capacidad, la inteligencia o la voluntad para darlo. Es una frase que denota aceptación ante la falta evidente de algo". Y ahí está la clave, sin menospreciar la capacidad o inteligencia de cada uno (Dios me libre, pero "Intelijencia dame el nombre esacto de las cosas" que diría el moguereño), en la "voluntad para darlo", porque cada uno no da lo que tiene o lo que es sino lo que quiere dar y es; ahí, de manera clara se justifica que sencillamente no se quiere que salga:  que la persona a la que no le sale realmente no quiere decir te quiero sin que uno se lo diga o se lo pida; que no quiere escribirte qué tal porque no lo siente; que no se echa para adelante porque no le da la gana; que no te apoya ni te cuida ni te piensa porque de verdad no quiere más preocupación que su propio ombligo;  que está sí, pero para todas las cervezas que caigan, como si eso fuera un verdadero gesto de valentía porque realmente no conoce ni sabe ni entiende ni practica amar en el sentido amplio del verbo.  

Y claro, -siguiendo al maestro al que he hecho protagonista del post-, no queda más exigencia que para con nosotros mismos: corregir y apartarnos de ahí, -tornando los ojos si hace falta-, para darnos cuenta de que ahí no es el lugar ni la persona con la que ser feliz; porque ya sabemos: donde no sale, no hay, y ante estoo corregimos nosotros, o sencillamente tiramos el lienzo a la basura y comenzamos de nuevo en otro sitio y con alguien distinto sin esperar más para no morir en el intento. Porque sí, porque estamos en la vida un ratito como para invertir tiempo y esfuerzos en lugares vacíos y personas cobardes que sencillamente no nos aportan pinceladas que completen el cuadro.  

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